La educación se encuentra en un constante devenir, esa búsqueda, que gira hacia el lugar de reconocimiento, es una senda perdida. No existe, bajo ninguna visión, una claridad pedagógica que permita dimensionar el lugar donde se encuentra la práctica. Arrojada, incluso sobre el "servicio educativo" la práctica a penas esboza unas ideas del deber ser, obligado a caricaturizar la cotidianidad.
Lejos de ello, el contexto, o cualquier otra dimensión parece residir en el discurso demagógico de las políticas educativas, sin contenerse en lo simbólico de los procesos académicos, y sin incidencia en la enseñanza y en el aprendizaje. Lejos, como publicidad socavada, se ubican los problemas de aprendizaje. Su lugar sólo permanece activo en el escueto índice pedagógico de malversidades lingüísticas y educativas, abandonadas al sistema inclusivo, e invisibilizadas por una serie de teorías inoperantes.
Allí, en un sistema inclusivo, se funda la necesidad de educar. No como potencialidad, sino como resignificación de los procesos pedagógicos, y de la visión que al respecto de la infancia, se pueda desarrollar en los campos académicos y prácticos. No es en la usada versión piagetiana donde el maestro debe visionar a sus alumnos, ni tampoco en el lugar de las teorías de los años 60, que esgriman un infante bombardeo de ciertos artilugios sociales. Hoy, se responde a una educación destituida de símbolos, pero también entregada a la noción de calidad. Lejos de ello, contenemos una educación climatizada a la sociedad. Amañada en la repetición del conflicto.
Desgastado este lugar, el papel del maestro debe fijarse en dos direcciones. Por un lado, en la significación de una especie de "muerte académica" y en un segundo lugar, en la resignificación de procesos pedagógicos.